Marx, Steve Jobs y el Estado.



No existen pensadores del siglo XIX a los que no puedan hacérseles recriminaciones en el siglo XXI. Mucho menos si estos pensadores propusieron una filosofía de la praxis y hundieron sus cuerpos en “el barro de la historia”; una historia que sus ideas contribuyeron a modelar mucho más allá de sus muertes. Karl Marx fue un testigo privilegiado e interactivo de los albores del capitalismo, período del que brindó profuso testimonio en sus obras. Por eso a primera vista parece poco apropiado unir a personajes tan disímiles como el máximo teórico de los primeros años del capitalismo con uno de los hijos dilectos de este capitalismo de fines del siglo XX y comienzos del XXI, el exitoso empresario estadounidense Steve Jobs, fallecido el pasado miércoles. Pero si se sigue un procedimiento casi estrictamente marxista, es posible preguntarse cuál es la sustancia común entre ambos. En una primera aproximación la sustancia sería el capitalismo, pero en este caso el nexo no es la sustancia de la sustancia; la mercancía y sus relaciones.

En El Capital, Marx explicaba la tendencia a la igualación de las tasas de ganancia, el proceso por el cual los valores de cambio de las mercancías tienden a su valor, pero inmediatamente introducía un concepto todavía luminoso para la comprensión del presente, el del “privilegio del innovador”. Como el valor de los bienes está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su reproducción, es decir, no cualquier tiempo de trabajo sino, como les gusta decir a los sociólogos; un tiempo de trabajo socio-históricamente determinado, puede aparecer un adelantado; alguien que descubre una nueva técnica de producción que utiliza menos trabajo humano y que, por lo tanto, puede producir la misma mercancía que los demás, pero más barata, con menos trabajo incorporado. La gran diferencia es que mientras el innovador produce más barato sigue vendiendo al mismo precio (valor de cambio) que los demás. Tal su “privilegio”.

¿Hasta cuándo dura esto? Hasta que el privilegio desaparece, cuando sus competidores también comienzan a producir con la nueva técnica. Para los consumidores esto es fantástico porque el resultado final son menores precios para un mismo producto o mercancía. A fines del siglo XX, el pensador marxista argentino Pablo Levín, reformuló este concepto en su obra El capital tecnológico. Levín explicaba lo que es propio de este capital: responder a la necesidad de autonomizar el momento del privilegio del innovador. Difícil recordar si Levín lo decía así, pero este es el concepto. Para conseguir una tasa de ganancia diferencial, el capital tecnológico necesita prolongar indefinidamente el momento del privilegio del innovador. Para hacerlo necesita a su vez constantes e ingentes inversiones en investigación y desarrollo. Claro que no todo es tan idílico. No se trata sólo de algo que sucede en el momento de la producción, en un mundo de científicos de guardapolvo blanco en inmaculados laboratorios, ni de chicos rebeldes en jeans, algo cools, discutiendo sobre tendencias y diseñando el último dispositivo móvil. El privilegio del innovador también debe defenderse con uñas y dientes en el duro espacio del mercado. Piénsese, por ejemplo, en Monsanto enjuiciando a la Argentina en Europa para cobrar regalías por semillas transgénicas, o en los mismos juicios de Apple a las firmas asiáticas que copian su hardware, o los intentos predefinidos de quedarse con el 30 por ciento de las ventas de los medios que utilicen sus dispositivos. El capital tecnológico necesita estos márgenes para seguir autonomizando el momento del privilegio de la innovación, sin esta base, el castillo no puede sostenerse.

Pocos sectores grafican mejor estos procesos que el de la industria de la información y las telecomunicaciones, de la que Jobs fue uno de sus grandes exponentes. Tan temprano como en los ’80 se escribió, por ejemplo, que “si la industria automotriz hubiese avanzado tanto como la de computadoras, hoy un auto costaría un dólar y recorrería un millón de kilómetros con un litro de nafta”.

Tras la muerte de Jobs, abundarán por mucho tiempo las lecturas apologéticas. Jobs fue una personalidad brillante y da con el phsyque du rol para la construcción de estas narraciones. No sólo cuadra con la explicación de ser una figura generadora de privilegios de innovación, sino también con la del empresario shumpeteriano. Pero desde la economía y, sobre todo desde la Argentina de 2011, resulta más interesante preguntarse por qué no hay “Steves Jobs” aquí. O, ampliando el horizonte, por qué el Silicon Valley está en California y no existe uno similar, por ejemplo, en Mendoza. ¿No pueden surgir aquí personalidades brillantes y creativas capaces de ser innovadoras?

La primera respuesta es que tanto a las interpretaciones marxistas como a las de la espontaneidad del genio, les faltan dos componentes esenciales, el Estado y el contexto. El Silicon Valley se desarrolló en Estados Unidos porque este es el país que, a través de la participación pública en el llamado complejo militar-industrial, posee la política industrial más activa del mundo. Firmas como Apple no innovaron en procesos productivos, en todo caso lo hicieron y hacen sus tercerizadas proveedoras asiáticas en contextos más amplios del desarrollo capitalista global. Sus innovaciones se produjeron primero en la adaptación de desarrollos que surgieron, como es el caso de las computadoras o Internet, del complejo militar y después fueron redirigidas por visionarios que, como Jobs, vislumbraron sus usos civiles y de consumo masivo. Luego, ya en segundo lugar, está el contexto. La mítica empresa que nace en el garaje de clase media de jóvenes inquietos no sería nada sin un sector financiero dispuesto a apoyar a los genios innovadores y sin una capacidad de consumo interna que pueda absorber los nuevos productos. No se trata solamente del capital tecnológico que se retroalimenta de ciclos de ganancia anteriores, sino del conjunto del capital fluyendo hacia los sectores de altísima rentabilidad potencial en el marco de sociedades con un alto poder adquisitivo. Steve Jobs puede haber sido un tipo genial, pero no todo su éxito se debió a la pura genialidad.

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